‘Alas y huesos’. Capítulo 11: La posada de las almas

Una milla antes de llegar al puerto de Cádiz, hubo movimiento en el barco. Algunos tripulantes entraban y salían de las bodegas y del camarote de Hill. Yo seguía en cubierta, desubicado, quieto, perdido.

Alguien comenzó a bajar la bandera británica del palo mayor, al tiempo que varios hombres sacaban una lona blanca de las bodegas, la cual dejaron que se deslizase un par de metros por el cascarón de babor, ocultando el nombre del navío. Era de esperar, pues el imperio inglés y el español libraban una guerra que tardaría en terminar. Ya desde aquellas sabía que aquel no era un barco inglés corriente, que su capitán tenía el corazón dividido entre las aguas, que aquel corsario era más pirata que hombre de la corona.

Suavemente, el barco se fue posicionando al lado de uno de los muelles, silencioso y oscuro como la noche que nos amparaba. La puerta del camarote del capitán se abrió, y en cubierta apareció su figura enfundada en un negro impecable, tocado con un sombrero que le cubría media cara. Parecía como si James Hill hubiese adelgazado unos cuantos kilos en aquellos minutos. Adelgazado y encogido, porque ahora caminaba encorvado. Se acercó a mí y descubrió su rostro, pero no era él, sino Andrés Tovar, vestido con la ropa del capitán.

- Hill no quiere correr riesgos – dijo al ver mi asombro -, es demasiado peligroso que un capitán inglés sea visto en un puerto español.
- Pero ¿es que vas a salir del barco ahora por la noche?
- Sí, y tú vendrás conmigo. Vamos a comprar provisiones, ya que serás mi ayudante, quiero que me acompañes. – Me miró de arriba abajo, serio – Y, de paso, te conseguiremos algo de ropa.
- Pero, ¿ahora? es de noche, no habrá ningún comerciante dispuesto a negociar por nada hasta mañana por la mañana.
- Pobre ignorante, cuánto tienes que aprender.

Desplegamos un tablón hasta el muelle y descendimos por la madera húmeda. Un tintineo se escuchaba en las sombras, acompañado de unos pasos. El guardia del puerto se acercó a nosotros, con una pequeña bolsa de cuero atada a su cintura con lo que debían ser, a juzgar por el sonido, unas cuantas monedas.

- ¿Quién va? – exclamó el guarda con voz potente y ronca.

Aquel hombre no llevaba uniforme de algún tipo y no inspiraba la más mínima confianza. Caminaba cojeando y encorvado, con una mano siempre cerca de la bolsa de las monedas; en la otra, un farolillo con una vela casi acabada. Mediría, sin estirarse, un metro sesenta, como mucho. Levantó el farolillo y ante nosotros se apareció una boca casi desdentada y una cara picada y llena de arrugas.

- Capitán Juan Gómez – respondió Tovar, calmado y solemne -, aquí tiene el pago del impuesto.- El caballero es generoso, ¿estarán mucho tiempo en Cádiz?
- Sólo hasta el amanecer.

El hombre vio las monedas y sonrió de una forma demasiado siniestra. Tovar y yo salimos del muelle, adentrándonos en la ciudad. Atrás, en el barco, no se movía ni un alma.

- ¿Por qué sonreía así el guarda? – pregunté.
- Es de noche, sólo hemos bajado dos personas del barco. Si sólo le hubiese dado la cantidad de dinero que estipula la autoridad portuaria, ese hombre habría metido las narices en nuestro cascarón, y descubriría la clase de tripulación que está a bordo de The Crane.
- Así que le has dado un soborno.
- Más bien un calmante para una curiosidad que le habría llevado a una muerte segura.

Cádiz en el siglo XIX

Cádiz en el siglo XIX

 

Poco a poco, entre las calles de aquella ciudad que parecía dormida, el silencio se iba rompiendo, dejando paso a unas sonoras carcajadas, golpes y algún que otro instrumento de cuerda.

La fuente de aquel ruido era una pequeña construcción. Sus puertas estaban cerradas, pero se filtraba una luz temblorosa por las ventanas. Sobre el portón principal, un cartel de madera llevaba grabadas unas letras en pintura morada: La posada de las almas.

- Aquí es, Diego, La posada de las almas, el último lugar al que uno en su sano juicio querría llegar. Ten mucho cuidado, una palabra mal entendida, una mirada mal intencionada, y no llegarás a ver el Sol.
- ¿Piratas?
- Y de los peores. Pero no te preocupes, los gemelos son buenos amigos del capitán.
- ¿Los gemelos? – Pregunté, pero Tovar ya se había adelantado, abriendo las puertas de la posada.

Durante unos segundos se hizo el silencio y todos nos miraron para, después, volver a sus asuntos. Al fondo, detrás de una pequeña barra de madera, dos hombres alvinos, muy parecidos, casi idénticos, tenían la vista fija en nosotros.

Aquellos dos hombres eran difíciles de olvidar, por ello no tuve problemas en recordar el lugar donde los había conocido, hacía unos años. A mi mente volvieron las imágenes de aquella noche en Cima del Cielo, oculto, escuchando la conversación de aquellos tres hombres misteriosos. Entonces, si los dos hermanos estaban en Puerto Arume aquella noche, ¿quién era el inglés elegante, vestido de negro? La voz de James Hill siseó en mis oídos, descorchando la botella donde guardaba los recuerdos de aquellos años.

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Acerca de Fabio Dacosta

Soy un estudiante de Ingeniería Informática (pronto ingeniero) aficionado a la lectura, a la escritura y al teatro.
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