‘Alas y huesos’. Capítulo 5: La ciudad en llamas

La Torre de Hércules ardía y, como ella, toda la costa de la ciudad. Era una antorcha gigantesca. Ante un ataque por mar, se debía prender un fuego en la cima, para alertar a toda la comarca; pero literalmente era una gran llama enfurecida. ¿Cuánto tardarían en darse cuenta en Puerto Arume? Pensé.

La Coruña en llamas, asediada por los ingleses

La Coruña en llamas, asediada por los ingleses

Aquello me hizo pensar en Francisco. Me había fugado y no había vuelto, seguro que se preguntaba qué me habría pasado.

Las velas de los barcos ingleses, como nubes, se disponían en fila en la costa de la ciudad de La Coruña.

Se escuchó un ruido de candados en la trampilla de la bodega y subí rápido las escaleras para intentar salir. Pero un hombre alto y delgado me frenó de un empujón, que me devolvió al suelo.

- Quédate aquí, chico, el capitán ha prohibido que salgas a cubierta -aquel hombre habló con acento español, estaba descubriendo que aquella tripulación era poco inglesa.

- Pero quiero saber que pasa ahí fuera.

- ¿Que qué pasa? Muchacho, Francis Drake está cabreado.

- ¿Drake? ¡Tengo que verlo!

- Tú no te mueves de aquí hasta que Hill lo mande.

Me quedé un tiempo mirando a aquel hombre. Era alto, con poco pelo en la cabeza. Tenía una especie de delantal de color blanco, algo sucio, y una barba de pocos días.

Se hizo el silencio durante unos minutos, hasta que aquel hombre habló.

- Chico, es verdad eso que dicen, eres un saco de huesos con patas -yo permanecía callado.

- Me recuerdas mucho a mi hijo, ¿cuántos años tienes?

- Tengo veintitrés, señor.

- ¿Señor? Ese no es mi nombre. Me llamo Andrés Tovar. Tú eres el famoso polizón, Diego Quintana, ¿verdad?

- ¿Tovar? Pero ese apellido es…

- Gallego, sí.

- ¿De dónde viene usted?

- ¿Acaso importa? Soy de este barco, soy de mi capitán -noté cierto tono de tristeza en su voz.

Se escucharon pasos apurados por cubierta. Después unos gritos en inglés, los cuales no entendí. Andrés Tovar me sujetó del brazo.

- Muchacho, ¿no querías ver a Drake? Pues acaba de entrar en cubierta. Pero hoy no lo verás, no, mejor que no te encuentre.

- ¿Por qué? Quiero ver al capitán Drake.

- Sólo Hill puede darme órdenes, saco de huesos. Tengo que sacarte de aquí.

Aquel hombre apartó de un golpe unas cajas apiladas al lado de unos barriles, para descubrir una trampilla tapada por una fija rejilla metálica. Apartó la protección. Por allí bien cabía una persona algo regordeta.

- Vamos, entra.

- ¿Por qué? ¿A dónde va a dar?

- ¡Por todos los demonios! Entra ahí sino quieres morir.

El pánico se apoderó de mí. ¿Morir? ¿Por qué? En cubierta seguían hablando en inglés.

- Entra ahí, insensato, Drake quiere bajar, como te vea, olvídate de volver a tu querido Puerto Arume.

Como una lagartija, me metí en aquel hueco. Era simplemente eso, un hueco. No tenía salida. Era un escondite. Andrés cerró la trampilla. Desde allí podía ver casi toda la bodega. Se escuchó un ruido metálico, la trampilla de cubierta se abrió y por ella bajó, lentamente, un hombre que aún hoy en día aparece en alguna de mis pesadillas.

Lo primero que vi de Francis Drake, fueron sus botas negras, con algo de tacón, sin hebilla. Seguidas por unos pantalones negros como su alma, manchada de la sangre de piratas y corsarios. Una larga chaqueta azul, con detalles bordados en hilo de oro, cubrían una camisa blanca, impoluta. De su cintura, una espada que formaba ya parte de su brazo. Y, bajo aquel sombrero negro, su cara, imperturbable, fiera, bien afeitada.

Andrés Tovar se puso firme, pálido, aterrorizado.

- ¡Sir Drake!

El capitán de capitanes, al advertir su acento, no dudó en hablar un impecable español con acento inglés.

- ¿Quién es usted, marinero?

- Andrés Tovar, a su servicio, capitán.

La mirada de Drake se paseó por la bodega. Allí agazapado, pude contemplar sus ojos, dos titanes azul-grisáceos que escudriñaban la oscuridad, unos ojos a los que nadie podía escapar.

El inglés se acercó poco a poco a Tovar, dejando sus labios muy cerca de su oído, donde yo veía que se movían, ante la impulsividad de mi compatriota.

Francis Drake se marchó de la misma forma que había venido, con solemnidad, con la seguridad de que nadie en el mundo era capaz de tocarlo sin morir.

No me atrevía a moverme, no podía articular palabra. Al parecer, mi nuevo proyecto de amigo tampoco. Permanecimos así, sin movernos de nuestros sitios, durante un buen rato, hasta que apareció aquel hombre que me había llevado ante el capitán Hill hacía unas horas.

- ¡Tovar! Drake se ha ido.

- Ignacio, él sabe que tenemos su tesoro, lo está buscando.

- Ahora eso no importa, Hill quiere que nos quedemos en segundo plano. Al parecer una mujer ha matado a uno de los alférez y es un buen momento para ocultar el tesoro, entre la confusión.

- ¿Una mujer dices? ¿Qué hace una mujer en el frente de batalla?

- Al parecer aquel hombre mató a su marido, el caso es que los coruñeses están que muerden. Atacan con ansias renovadas nombrando a esa tal María Pita.

- Joder, no pueden meterse con unos gallegos y esperar que no den guerra.

- Tú mejor no salgas, como te reconozca alguien, eres hombre muerto.

- Es lo que tiene ser un traidor. ¡Diego! Ya puedes salir de ahí, no hay peligro.

- Hombre, si está aquí el saco de huesos. Por cierto, me llamo Ignacio Cortés, antes no nos hemos presentado.
La trampilla de cubierta se abrió de un golpe. James Hill bajó con tanta rapidez que casi se cae por las escaleras.
- Muchacho, ven conmigo, alguien quiere verte.

- ¿A mí? ¿Quién? ¿Es el capitán Drake?

- No digas tonterías, es alguien a quien conoces bien. Francisco Quintana te espera en mi camarote.

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Acerca de Fabio Dacosta

Soy un estudiante de Ingeniería Informática (pronto ingeniero) aficionado a la lectura, a la escritura y al teatro.
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