La oscuridad de la noche se colaba entre las rendijas de la ventana del camarote de James Hill. Todavía no podía creer que me encontrase en el camarote de un capitán corsario tan conocido en todos y cada uno de los puertos importantes tanto de España como de América. Era conocido por su fiereza y una maldad superada sólo por pocos.
Aquel hombre me miraba, serio, y yo sentía menguar con cada segundo que pasaba. Parecía esperar una palabra, algo.
- ¿Qué será de mí? -pregunté. Hill no dejaba de mirarme. Todavía hoy me pregunto si alguna vez su cara será capaz de expresar la más mínima emoción.
- Diego Quintanta, ¿no? -dijo cuidadosamente el capitán- ¿Quién es tu padre? -no comprendía por qué me hacía esa pregunta, ¿qué más daba mi procedencia?
- No lo conozco, Capitán.
- ¿Me llamas capitán y no formas parte de la tripulación?
- Lo siento. No sé quién es mi padre, señor, tampoco conozco a mi madre -parecía conforme con ese tratamiento.
- No obstante, llevas un nombre familiar.
- Llevo Quintana por el hombre que me acogió. Fui abandonado, señor -el capitán frunció el labio.
- Preguntas qué será de ti. Aquí tenemos una política muy estricta con los polizones. Puedo asegurarte que su esperanza de vida es muy corta -comenzó a caminar a mi alrededor, tomándose su tiempo. Yo seguía clavado al suelo del camarote, temblando, reprimiendo unas pueriles ganas de llorar.- Eres un enclenque, no sirves ni como grumete. ¿Cuál es tu oficio?
- Cocinero, señor.
- ¿Cocinero? Un hombre con oficio de mujer, no me extraña, viniendo de un debilucho como tú, si fueses una mujer no servirías ni para amamantar a tus hijos.
Se hizo el silencio entre los dos, hasta que fue roto por un grito de Hill.
- ¡Que lo encierren en la bodega!
Dos hombres entraron por la puerta. El primero, aquel que me había llevado a aquel camarote; el otro era un hombre vestido de manera elegante, aunque no tanto como el capitán. Aquel segundo habló:
- ¿Es el chico? -otro inglés- ¡Qué casualidad! ¿verdad? -dijo examinándome con la vista, como antes había hecho su superior.
- Contramaestre, será mejor que no hable en su presencia.
- Lo siento, mi capitán.
El hombre rudo y maloliente me sacó del camarote.
- Me sorprende verte con vida, el capitán suele dejar una profunda sonrisa en el cuello de todo aquel que se cuela en su barco sin su permiso.
- Usted no es inglés, ¿qué hace un español en el barco de un corsario de la corona británica?
- Vaya, vaya, el saco de huesos ha salido curioso.
Aquel hombre me llevó a empujones a la trampilla de cubierta que daba a las bodegas, donde me arrojó sin miramientos. Se escuchó un ruido de cadenas. Estaba encerrado. Allí la oscuridad era casi absoluta, salvo por una pequeña luz que se filtraba por unas rendijas de la madera de cubierta, encima de unos barriles. Me fijé en que las cajas que había visto por la mañana ya no estaban allí, tan sólo unas cubas de lo que parecía ser ron.
Comencé a pensar en lo sucedido. ¿A qué se referiría el contramaestre con “casualidad”?, ¿por qué me habían mandado a las bodegas y no me habían encerrado en aquel cuarto oscuro del que había salido?
Me sacó de mi ensoñación un grito en aquel idioma que, por aquel entonces, desconocía. El inglés era desconocido para mí.
- ¡Tienes que matarlo, James! -resonó la voz del contramaestre en las bodegas. Aquella luz que se vislumbraba procedía del camarote del capitán. Rápidamente apilé los barriles y me situé más cerca del techo de la bodega, pegando la oreja a la madera.
- Nadie tocará un pelo de ese chico hasta que yo lo ordene.
- Mátalo, es demasiado peligroso.
- ¿Crees que no lo he pensado? Pero tenemos que obrar con cuidado.
- ¿Cuidado? Como se entere de que sigue vivo, no sólo lo matará a él, sino a todo el que esté cerca.
- Quería matar a ese chico desde el momento en el que vi su cara, pero lo que me frena es su apellido.
- ¿De qué estás hablando?
- El crío se llama Diego Quintana.
- ¡Quintana! ¡Por todos los demonios, James!
- Lo sé, lo sé…
- ¿Crees que Francisco Quintana está metido en esto?
- Estoy seguro.
De aquella verborrea entre los dos hombres, sólo había entendido mi nombre, Diego Quintana. Me senté en un barril, preocupado por si estaban decidiendo de qué forma me iban a matar.
Entonces, escuché aquellas palabras. Y aquellas sí las entendí:
- ¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista! ¡La Coruña! ¡Tierra a la vista!
Un centenar de pasos se escuchó. La tripulación corriendo por la cubierta, cada uno a su puesto. Me asomé por uno de los ojos de buey que había en la bodega. Allí estaba, La Coruña. Su costa estaba envuelta en llamas, que iluminaban decenas de banderas inglesas en decenas de barcos que asediaban la ciudad.
En la noche del 4 de mayo de 1589, La Coruña estaba casi destruida.



