Cuando me desperté, un infierno de tambores de guerra sonaba sin cesar en mi cabeza. Un dolor incipiente en la base del cráneo me atormentaba. Me encontraba en un cuarto oscuro, húmedo, frío.
Traté de recordar qué me había llevado a aquel lugar, me llevó unos segundos atar cabos. Me había escapado de Cima del Cielo para entrar en aquel barco del muelle. Había visto aquel nombre marcado en rojo en aquellas cajas: The Crane, había leído. ¿Sería el nombre de aquel barco?
El suelo se movió, oscilando de un lado al otro. Seguía a bordo del navío, alguna ola habría roto contra el muro del muelle y habría vuelto al cascarón del barco.
La puerta estaba abierta. Me deslicé por el estrecho pasillo alumbrado por algunos farolillos con cirios casi agotados, titilando, representando un baile de sombras que ponía los pelos de punta. No se escuchaba más ruido que mi respiración agitada, mi corazón quería salir de mi pecho y huir despavorido. Al fondo, unas escaleras que daban a la más profunda noche. Me había pasado el día entero en aquel cuarto, inconsciente.
Salí a cubierta y mi alma se encogió al no ver puerto alguno. La madera crujía entre el leve oleaje del mar. Ya no estaba en Puerto Arume. Por alguna razón, corrí de proa a popa, de babor a estribor, como si alguna pequeña porción de tierra fuese a aparecer, o como si una lona fuese a caer al suelo, desvelándome de la ilusión de la noche estrellada.
El viento azotaba mi cara, la salitre llegaba hasta mi boca.
Pánico, eso era lo que sentía. Hacía unas horas estaba fregando las mesas de Cima del Cielo y, ahora, estaba en un barco desconocido que navegaba hacia sabe Dios qué puerto.
Una mano fría y ruda se ciñó a mi brazo. Me di la vuelta sobresaltado, para ver a un hombre ataviado con una pañoleta, un chaleco de cuero y unos pantalones de tela raída. Tenía mal aliento y estaba bastante desaliñado.
- ¡Pero si eres un saco de huesos! -dijo con un perfecto acento español.
Yo seguía mudo, quieto, sujeto por aquel desconocido. Anclado a la madera de cubierta.
- ¿No sabes hablar? Los niños de hoy en día no tenéis sentido del respeto.
Aquel hombre empezó a tirar de mí hacia la zona central de cubierta, a una gran puerta que daba al camarote que había bajo el timón.
- El capitán quiere verte, es mejor que busques alguna palabra que decirle, si no quieres pasar la noche atado a la quilla.
El terror que sentía hizo que escupiese aquella pregunta…
- ¿Capitán? ¿quién es el capitán?
- ¡Muchacho ignorante! ¿Es que acaso no sabes quién es el capitán de The Crane? -dijo riéndose, escupiendo aquel tufo por la boca. Mi silencio sirvió de respuesta.
Aquel hombre no contestó a mi pregunta. Sólo abrió la puerta y me empujó a aquella habitación iluminada por un candil de mesa, donde un hombre se inclinaba sobre lo que parecían ser unas cartas de navegación. Vestía de negro, desde las botas hasta el sombrero, engalanado con ribetes plateados. Su cara, la más siniestra que había conocido en la vida, estaba enmarcada por unos rizos negros y una barba espesa. Su mirada, verde esmeralda, intentaba destriparme en un vistazo.
- Aquí le traigo al polizón, mi capitán -dijo, antes de retirarse, con la cabeza gacha.
Estábamos los dos solos. El capitán se acercó a mí, con parsimonia y paso fuerte. Se detuvo a un metro de distancia, extendiendo su mano derecha, demasiado maltratada para un hombre que parecía tan elegante.
- ¿A quién tengo el honor de dirigirme? -habló con acento inglés, y su voz era como un profundo lago en calma.
- Diego Quintana -susurré.
- Un placer, señor Quintana. Mi nombre es James, Capitán James Hill.



