‘Alas y huesos’. Capítulo 2: Aquel barco que una vez llegó a Puerto Arume

¡Los ingleses! Para mí, que siempre había estado bajo el amparo de los muros de Cima del Cielo y de la tormentosa tranquilidad de Puerto Arume, ellos eran los reyes de los mares; los piratas y corsarios más nombrados a lo largo de todas las tierras del su imperio y de quienes temían ser absorbidos por la corona.

Me faltó tiempo para dejar aquel mugriento trozo de tela con el que limpiaba las mesas y salir corriendo por la puerta de la taberna, hacia el puerto. Ma faltó tiempo, la verdad, para decidir hacerlo, pero no fue así, porque en el momento en el que me dispuse a salir por la puerta, Francisco interrumpió mi paso.

-¿A dónde diablos crees que vas? ¡La taberna no se va a atender sola! ¡Métete en la cocina ahora mismo a preparar algún guiso o te meto un trabuco por tu virgen culo de cocinero!

Bandera del barco atracado en los muelles

Bandera del barco atracado en los muelles

La sutileza no era su virtud. Allí estaba, maldiciendo mientras me miraba con aquellos ojos azules, intensos, y su corto cabello rubio, poco típico de las gentes del lugar. Siempre supuse que su familia no era de aquellas tierras.

- Pero han venido los ingleses, seguro que es algún barco conocido, ¿los has visto? ¿quién es el capitán? -mi voz era más bien una súplica que un par de simples preguntas.

- He dicho que te metas en la cocina, quién sea él no te incumbe, ni los motivos por los que sea conocido, mocoso entrometido.

- ¿Entonces es uno de los grandes? ¡Tengo que ir a verlo!

- ¡Te he dicho que no! ¡Haz tu trabajo si no quieres arrepentirte de haber nacido!

Cabizbajo y enojado fui a la cocina. Mi mente no estaba allí, pero mi cuerpo seguía cortando carne de ternera, pelando cebollas o limpiando sabe Dios qué tipo de pescado. Se iba a escapar la oportunidad de conocer a algún pirata importante, o al menos a algún pirata. Aunque tal vez fuese alguno de esos corsarios que todo el mundo admiraba y temía incluso más que a los piratas. Tal vez, sólo tal vez, se tratase del gran Francis Drake.

Mi cabeza siguió así, divagando, imaginando, pues eran tan pocas las veces que podía dar rienda suelta a mi imaginación, que cuando empezaba con mis suposiciones de ensueño, ya no podía parar.

Con un golpe de cuchillo en la mesa tomé mi decisión. Me escaparía por la ventana de la cocina, sin que Francisco se diese cuenta, e iría al puerto a ver el barco de cerca y, si había suerte, hablar con alguien de la tripulación. Y así lo hice, enfilando la calle principal hasta llegar a los muelles, corriendo, para no perder un segundo.

Cuando llegué al lugar, las pocas personas que caminaban por allí, lanzaban miradas de temor al gigantesco barco que estaba atracado. Era de una madera marrón oscuro, no muy bien cuidada, lo que daba al barco un aspecto algo siniestro. Tenía las velas sobre gran parte de la cubierta, tapando la popa y la quilla, donde el único reparador de velas de Puerto Arume estaba trabajando minuciosamente, haciendo un trabajo más meticuloso que las chapuzas que acostumbraba a hacer. En el palo mayor ondeaba, orgullosa, una bandera británica. ¡Era un corsario! Intenté ver, de algún modo, el nombre de aquel titán de los mares, pero era imposible, ya que las velas tendidas no me permitían ver casi nada del cascarón.

Hoy, la verdad, maldigo el día que decidí escaparme de la cocina de Cima del Cielo para fisgonear en un barco como aquel. Pero en ese momento no pensé en las consecuencias que mis actos traerían, ¿cómo pensarlo? Y, en mi ignorancia sobre temas de causa y efecto, subí por una pequeña escalera de cuerdas colgada a la barandilla de estribor.

La cubierta estaba desierta, sólo se escuchaba el crujir de la madera. Seguramente todos estarían dándose un alivio al cuerpo con alguna ramera, pues en Puerto Arume estaban las mejores y más aseadas, pero también las más caras. Así que aproveché esa situación para meterme por las bodegas. Había alguna decena de barriles apilados, algunos abiertos que apestaban a alcohol, otros manchados de pólvora y, bajo una pequeña lona, unas cajas de madera negra con unas letras talladas en las tablas de las tapas. No podía leer bien la inscripción, así que me dispuse a buscar una vela o algo. Por suerte, ya que había demasiada pólvora tirada, encontré un ojo de buey demasiado opaco por la suciedad, lo limpié con la mano y vi que la luz daba directamente sobre la pila de cajas.

Me acerqué con cuidado para leer, en grandes letras rojas, el nombre de aquel barco: The Crane.

Por desgracia para mí, no tuve mucho tiempo de dejarme llevar por aquella sensación de intriga cuando descubres un secreto importante, porque en aquel momento sentí un duro golpe en la parte trasera de mi cabeza, un golpe que me dejaría sin respiración y sin consciencia, tirado en el suelo de la bodega de aquel barco que una vez llegó a puerto arume, y que nunca jamás regresaría a aquel lugar.

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Acerca de Fabio Dacosta

Soy un estudiante de Ingeniería Informática (pronto ingeniero) aficionado a la lectura, a la escritura y al teatro.
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