Esencia

Sentado en el borde del escenario miraba al patio de butacas con una reflexión en su mente, una idea, una tristeza que desde hace algún tiempo rondaba su cabeza: Había conseguido dedicarse exclusivamente a escribir lo que le apetecía y todo lo que tocaba se convertía en éxito. Novelas, obras de teatro, guiones para cine y televisión, e incluso había dirigido una película que se convirtió en un éxito de taquilla hasta el punto que consiguió desbancar a una superproducción de Hollywood.

Pero que más daba, tenía el éxito, la gloria y seguramente dentro de poco tiempo los chavales de colegios e institutos maldecirán su nombre por tener que estudiar su vida y obra en las lecciones de literatura.

Todo eso le había dejado de importar. Hoy, había conseguido los aplausos y grandes críticas sobre su nueva obra, pero ahora ya no importaba, ya había conseguido todos sus sueños. Sin embargo, hacía unos días había encontrado una caja con las cosas de su época de instituto y había leído cartas de sus antiguas novias, había mirado sus viejas poesías, antiguos regalos de sus amadas, y una foto, esa foto, una foto que estaba pegada con celo con mil remiendos tras haberla roto en innumerables ocasiones y recordó… recordó el motivo de porque un triste día de julio había empezado a escribir poesía.

Recordó porque aquella lejana noche cogió unos folios en blanco, se sentó en su escritorio delante de una ventana, que entreabierta sonaba a noche veraniega con el canto de los grillos y la tranquilidad de la soledad, de una soledad que parecía eterna, una soledad que quemaba en el pecho. Y había escrito versos que técnicamente eran precarios pero que tenían el poder de conmover al que los leyese. Se preguntó en que momento había dejado de querer ser Quevedo y se había convertido en un Góngora moderno, en qué momento había dejado de admirar a Becquer… Ya no importaba. Lo había hecho, había perdido su esencia. Ahora escribía de recuerdos porque no podía escribir sobre sus sentimientos, pues ya nada sentía.

Se incorporó y empezó a andar hacía la salida, la abrió con lentitud y emergió de las entrañas del lúgubre teatro. A su espalda escuchó al portero cerrar las puertas. Prosiguió su camino hasta llegar a una fuente que otrora formaba preciosas formas con sus chorros de agua pero desde hace algún tiempo permanecía apagada. El líquido que quedaba tenía un color verdoso y era utilizada como papelera por jóvenes que no conocieron su esplendor o por adultos que no deseaban recordarlo.

Tras permanecer algún tiempo sentado en el borde de la fuente con la mano sumergida en el agua ponzoñosa, se levantó y empezó a caminar hacía el lugar que hacía años no pisaba. Empezó a descender por la cuesta que tantas veces había recorrido agarrado de la mano de aquella a la que ha dedicado sus primeros versos y de la que no ha olvidado ni los momentos de felicidad que le dio ni el daño que le hizo.

Caminaba tocando con los dedos la verde barandilla que tenía la pintura descascarillada y recordó que la primera vez que había estado allí acababan de repintar aquella balaustrada que ahora lucía colores óxidos. Miró hacia río que tantas veces había contemplado abrazado a aquella ninfa, observaba las pequeñas olas que formaba el agua al rozar con los pilares del puente.

Se sentó  en la húmeda hierba y miró las estrellas. Una lágrima resbaló por su mejilla derecha. Su mente viajó a  la última conversación con su dama acaecida a escasos metros de donde él yacía y a mil años en su memoria.

Recordó que ella le había contado que ahora estaba con otro chico y que le quería mucho y nuestro protagonista, que aunque aun no estaba recuperado de estocada tan certera, le contó la verdad: ya tenía novia, se guardó para sí la ausencia de cualquier sentimiento hacia su nueva pareja. Esto desembocó en una discusión, la cual acabó con unas palabras mal dichas y con la separación total de ambos.

No podía aguantar más tiempo allí. Se levantó y empezó a caminar hacía el portal donde tan buenos momentos había vivido y se sentó en el frío suelo de plaqueta. Se preguntaba si ella aún viviría allí o si se acordaría de él.

Tras muchas divagaciones decidió sin mayor razón que su propio deseo que si sus padres aún vivían allí y teniendo en cuenta que era verano a lo mejor aún habitaba aquella casa o la visitaría al día siguiente. Con estas reflexiones cayó en sopor.

Al alba el crujido de la puerta le despertó, abrió los ojos y vio como una chica de su edad más o menos le dejaba 50 céntimos en su mano. Él se levantó, se colocó el maltrecho esmoquin y detuvo a la chica poniéndose delante, le abrió la mano y le dijo con un tono suave:

- Perdone pero creo que se ha… Vamos, que no soy un mendigo, pero muchas gracias…

Cuando estaba intentando dar sentido a las frases que salían de sus labios mascullando con su pastosa boca, su mirada se encontró con el rostro de la joven y su voz se ahogó en los latidos de su corazón que se aceleraban de tal manera que parecía que estuviese a punto de explotar. Era ella, sin duda, su tez pálida, sus ojos marrones y su cabello ébano rizado cayendo sobre sus hombros.

La chica lo observó extrañada y le tocó la cara sorprendida. Acto seguido se abalanzó sobre él, abrazándolo con fuerza, ambas caras se llenaron de lágrimas y sus labios se encontraron con la pasión contenida durante muchos años, muchas preguntas contestadas sin palabras, muchos errores olvidados en un instante.

Los éxitos sabían a sueño. El poeta con su esencia recuperada escribió su primera obra sin un triste final, poesías que salían una tras otra como queriendo que este momento fuese recordado eternamente. Por primera vez en mucho tiempo la felicidad era tónica predominante en su vida pero el triste sino que para los grandes es hilado por las parcas se hizo patente: Cuando quedaba un mes para la representación de la obra más querida del poeta,  malas noticias llegaron de boca de sus futuros suegros: Su amada había sufrido un accidente de tráfico y había caído en un coma irreversible.

El mundo de nuestro protagonista se desplomó. Se hundió de nuevo pero esta vez no había motivos para la esperanza. Ella había desaparecido. Aunque su cuerpo existía y respiraba obligado por unas máquinas su esencia había desaparecido, ya no quedaba nada, todo estaba perdido. Esa misma noche recorrió de nuevo los lugares que respiraron el perfume de su musa. Después de pasar por la fuente ponzoñosa, rozar la oxidada barandilla, contemplar el río y las estrellas y que sus lágrimas empaparán la hierba seca se dirigió al portal que un día no hace mucho tiempo le reconcilió con la vida.

Allí quedó dormido con la esperanza de que el crujido de la puerta le despertarse y que fuese ella quien la abriese. Al amanecer el crujido de la puerta le despertó y le pareció ver a su musa cruzar el umbral de lo imposible y reencontrarse de nuevo con él en ese lugar mágico. Se levantó ágilmente y cortó el pasó a la chica que acaba de salir del edificio. La chica, que no era ella, se asustó y salió corriendo. Él al darse cuenta de su error se desplomó en  el suelo cayendo de rodillas. En ese mismo momento decidió reescribir la obra que iba a presentarse dentro de un mes.

Cambió una y otra vez el último acto hasta que no pudo teclear una letra más. A partir, de aquel punto y final, gastó el resto de su tiempo contemplando en silencio la figura inmóvil de su amada en la florida y triste habitación del hospital.

El estreno llegó y él acudió al teatro, como había vivido aquellas últimas semanas: En el más absoluto silencio. Presenció su texto entre bambalinas y cuando la obra se estaba  representando y el protagonista de la función recitaba los últimos versos  y se desplomaba en suelo muerto por el tiro que el mismo se había asestado, se oyó un estruendoso golpe proveniente de los camerinos.  Se bajó el telón y los actores y el equipo técnico corrieron hacía la habitación de donde venía el golpe y vieron al poeta, a nuestro poeta en el suelo con un disparo en la cabeza y con una pistola en la mano.

En el mismo momento que el gran poeta perecía en su desesperación los ojos de su bella ninfa se abrían con una expresión pavorosa en el hospital.

eriklopez265

Acerca de Erik López

Erik López es periodista de formación, guionista de vocación y escritor de intención. Nació en Ponferrada y se formó en Madrid. Trabajó en el diario Público y disfrutó de los últimos coletazos de Sé lo que Hicisteis siendo parte de su equipo de guionistas. Ahora está inmerso en el crowdfunding de su novela Las guerras Gen: El Reducto. Apóyale y sé uno uno de los mecenas de la iniciativa haciendo clic aquí.
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