La lucha por un ideal

Juan Moreno, excelente amigo, compañero de vivencias arregladoras y experiencias ayudadoras – él, Jefe de Policia Municipal, yo, Director de Cáritas primero, Juez de Paz después – y buena persona como solo las personas buenas pueden serlo, me pide que le ponga epílogo a su visión, entrañable y filial, de la vida de su padre, en el libro que lleva por título el de éste artículo.

Para mí es un honor y una responsabilidad. Un honor, porque hablar de personas que se jugaron la vida por unos ideales encarnados en una legalidad truncada por la fuerza, supone ponerse en riesgo de no saber valorar el calibre de las lealtades humanas tal y como se produjeron. Y una responsabilidad, porque yo nunca llegué a conocer al personaje central de la historia, más que por lo leído a través de los ojos de los genes, y de las líneas amorosas y respetuosas de su hijo Juan.

Lo que pasa, es que aquí se da una circunstancia, muy especial circunstancia, de la que en modo alguno puedo evadirme. Y es que mi propio padre también tuvo su arte y su parte en la pavorosa contienda cainita que malcimentó nuestras actuales vivencias y convivencias, y que, de alguna inevitable forma, forjó nuestra actual realidad presente. Y esto me condiciona a la vez que me obliga a poner los párrafos finales de este libro.

Que el progenitor de Juan y el mío propio hayan escrito sendos y distintos capítulos de la misma obra, de la misma tragedia, del mismo holocausto – como lo define el hispanista e historiador Paul Preston como título de su amplio y espléndido ensayo – y también dentro de la misma y contemporánea historia de odios y sangre, hace que me sienta hermanado a Juan, ya que ambos dos somos, en cierto sentido, frutos de los mismos acontecimientos, hijos de la misma contienda. Y que él honre al suyo en espíritu y a través de la memoria escrita, exactamente igual que yo al mío, aún nos hace más próximos y cercanos, más cómplices si cabe… “Cada alma tiene su propio camino, pero también hay caminos comunes para muchas almas, si bien cada una los anda con sus propios pasos”, dejó dicho algún poeta del que lamento no recordar su nombre.

Comienza el autor de este libro en su anteprólogo con un “Esta es la historia de un hombre…”. Y, si nos detenemos a examinar esas pocas letras iniciales, y pensamos en lo que desea empezar a decir, destacan como imponentes columnas dos palabras – quizá dictadas por la acción del subconsciente – que ponen los cimientos de la obra, y exponen los fundamentos de su capital importancia y significado. Son las palabras, primeras palabras, palabras básicas, HISTORIA y HOMBRE.

La Historia existe porque existe el Hombre. Esto es obvio. El hombre hace historia, también la deshace, y la tuerce y la retuerce, la forma y la deforma… la dignifica o la envilece. Tampoco el hombre puede sentirse tal sin el espejo de una historia donde mirarse, donde admirarse y donde aborrecerse, y donde ve de qué enorgullecerse o de qué avergonzarse.

Por eso mismo existen, y siempre existirán, dos historias distintas para el mismo hombre. Una es la que él escribe, la que justifica sus hechos y con la que se justifica a sí mismo. La otra es la real, la verdadera, la auténtica, la que escribe la posteridad para el hombre, y no la que escribe el hombre para la posteridad. Es el juicio del tiempo. Inexorable y justo. Por eso la historia, siempre, siempre, será la sombra del hombre. La que proyecta sus actos, no la que proyecta sus deseos o su voluntad. Y, como la del ciprés, es alargada, y hay que empezar a interpretarla por el final para terminar por el principio.

El padre de Juan y el mío escribieron sus propias historias, y la gran y única Historia, así, con mayúsculas, está escribiendo ahora sobre ellos, y sobre los que, como ellos, no tuvieron deseos de reescribirla con arreglados renglones a su imagen y semejanza donde se entronizó a rebeldes por leales y se disfrazó a leales como rebeldes. Nada más querían vivir en paz y con unos ideales que transmitir a sus hijos. Nada más. Solo eso.

Y si bien a los unos les fue dado el poder de escribir “su” historia, al final, la historia acaba escribiéndose a sí misma a través del propio hombre, si este hombre recoge en sí mismo a todos los hombres… absolutamente a todos, sin imposiciones ni prohibiciones. Esa es la punta del extremo más alejado, por alargado, en el tiempo. Como la sombra del ciprés…

… Pero esa es otra historia.

… Que ésta, aún siendo la misma historia, es la del padre de Juan.

marcvus

Acerca de Miguel Galindo

Escribidor, más que escritor, empresario, Juez de Paz de mi pueblo, colaborador de la fundación Entorno Slow. Puedes leerme también en mi bitácora personal
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