Con motivo del centenario del hundimiento del Titanic, brotan textos sobre la catástrofe. Hace poco se publicó un libro con dos artículos que Joseph Conrad escribió al respecto y en los que enfoca la cuestión desde el punto de vista marinero y moral. Esta novela, Futilidad, publicada en 1898, y que en su momento pasó desapercibida, rescatada ahora del olvido, parece premonitoria. Es curiosísimo el detalle con el que el autor describe el barco, catorce años antes de que se pensara en construir siquiera el Titanic. Al leer el primer capítulo, nos da la impresión de que estamos leyendo un reportaje sobre el mastodóntico y desgraciado hundimiento real. El propio nombre elegido para el buque, los detalles sobre la relación de pasajeros y botes disponibles, los compartimentos estancos, que tanto orgullo producía en los ingenieros que los diseñaron, el hecho de que el barco fuera más un hotel flotante, con todos los lujos imaginables, la velocidad a que se llevaba el barco y la idea de embestir a lo que se ponga por delante, todo son premoniciones al futuro desastre.
En realidad, pocos son los capítulos que el autor dedica al hundimiento. La historia gira alrededor del teniente Rowland, rebajado a marinero en el Titan, tras años de conducta algo perturbadora. La historia personal de Rowlands, destrozado por un fracaso amoroso, la manifiesta afición a la bebida y las ideas antirreligiosas que exhibe, es desarrollado en la primera parte de la novela, mientras sobrevive en el iceberg donde tiene lugar el naufragio, y lucha por la vida de una niña que será la clave de toda la trama posterior. Trama que gira, además, alrededor de otra cuestión: el juicio a las decisiones tomadas por el capitán del Titán. Porque la poderosa compañía de seguros Lloyd’s entra en liza con los propietarios del supuestamente indestructible buque. Uno de los más importantes resulta ser el abuelo de Myra, la niñita salvada por Rowlands.
Y a partir de aquí desarrolla el autor toda una red de malentendidos, de juicios legales y juicios morales, en los que tanto Rowlands como Myra, se ven envueltos. Desvela así el autor en la ficción las ocultas intrigas y las publicidades engañosas en torno al Titán, que tanto se parecen a los juicios que tanto en Nueva York como en Londres tuvieron lugar con posterioridad al naufragio real. Todo ello es relatado de modo superficial, los personajes están dibujados a vuelapluma, y sólo en Rowlands vemos un intento de mayor definición. La mujer amada aparece como una odiosa desagradecida, que sólo tras el esclarecimiento de los hechos parece reconsiderar su posición. En este esclarecimiento interviene de manera altamente relevante el periodismo americano, que demuestra el poder de la opinión pública.
Sobre el autor
Morgan Robertson (Oswego, 1861-Atlantic City, 1915) oficial de la marina estadounidense, y autor de varios libros de relatos y dos novelas, ambas premonitorias al modo de Julio Verne. Anticipó el ataque japonés que más tarde haría entrar a los EE.UU. en la guerra. Murió prematuramente en condiciones no aclaradas.
La técnica literaria no es lo más importante de esta obra, que pone más el interés en el mensaje que en la forma. De hecho, más parece una mixtura de reportaje y fabula moral, incluso parábola social. Más que novela, tiene la forma de un relato extenso, por otra parte, relatos es lo que más escribió el autor. La creación de un monstruo ―el barco― y el catastrófico desastre, con todo lo que lleva consigo: el problema económico y el problema humano. Por otra parte, el fracaso personal y el intento de superación de un hombre que lo cree todo perdido pero mantiene unos principios morales que lo sustentan firmemente. No busquemos aquí la profundidad de un Conrad, aunque hubiera sido un buen tema para él, ni tampoco las complicadas aventuras científicas y premonitorias de un Verne. Sin embargo, no deja de ser una obra curiosa y de cierto interés. La edición de Nórdica está estéticamente muy conseguida.

