El nombre del viento, de Patrick Rothfuss (reseña)


Preámbulo

Había escuchado muy buenos comentarios de esta novela, pero principalmente por ser un bestseller decidí ignorarlo por un tiempo considerable, para ver si valía la pena. Finalmente, estando de viaje en París, me lo encontré en la conocida librería Shakespeare&Co, y me llamó desde una cartelera. Los pocos euros que me quedaban en el bolsillo ardían con un fuego azul y me decían que me lo lleve. Era la versión en inglés, y siempre prefiero el idioma original, así que aproveché, o mejor dicho, el libro se aprovechó de mi debilidad para que me lo lleve y le dé un hogar.
Lo leí en menos de dos semanas, algo que dadas sus 600 y pico de páginas, habla muy bien de su capacidad para mantener mi interés y su facilidad de lectura, teniendo en cuenta que al mismo tiempo venía leyendo 1Q84 de Murakami e Infinite Jest de David Foster Wallace. No cualquier libro puede hacer que deje de lado a esos dos monstruos. Ahora que terminé de leerla, y siendo yo también un escritor de literatura fantástica (y esa tendencia se filtra en mis cuentos y novelas más mainstream también) me pareció interesante hacer una disección de esta novela. Va:

Una reseña en tres partes

El nombre del viento es uno de esos títulos que a simple vista parecerían pretensiosos y que lo llevan a uno a buscar por todo el libro alguna clave que nos diga qué quiso decir el autor con ese nombre. Pero termina siendo muy concreto. Patrick Rothfuss sabe lo que hace, claramente. ¿Cuáles son los elementos por los que se destaca este libro por sobre los cientos de libros de fantasía actuales?

1) La consistencia: un libro de fantasía tiene por su pertenencia al género ciertos tropos que hay que respetar. Rothfuss toma los mínimos indispensables, y tira unos cuantos por la ventana, pero no todos. Su excelencia radica más en la ejecución, en las cosas que hace bien y en las que evita sabiamente, que en una trama revolucionaria o una prosa inmejorable.

Ejemplo principal: el sistema de magia del mundo de Kvothe. Todo libro de corte fantástico necesita algo de magia, entendiendo por ella no el uso de hechizos y cosas así si no un componente especial que permita a un “héroe” realizar cosas inalcanzables para la mayoría de los mortales. Sin este elemento, en mi opinión, un libro de este estilo no sería de fantasía si no de una cierta ficción realista no-histórica. Lo fantástico está unido a la magia, aunque esa magia sea en realidad tecnología (como en algunos libros que se cruzan con la ciencia ficción) o sea meramentet algún tipo de elemento que facilita la aparición de lo extraordinario en la trama.

Crear un sistema mágico es lo que da consistencia a todo el mundo de una novela fantástica, y por ello es muchas veces lo que hace que funcione o se rompa. Es difícil ser original en este sentido y crear un mundo que evite la magia clásica occidentalizada de los Harry Potters del mundo literario. Por eso Rothfuss, que entiende muy bien esto, le da a su magia la consistencia de la física, y la explica como si más que magia fuera simplemente termodinámica. La magia (llamada simpatía, sin explicar porqué pero es bastante obvio que se basa en la relación simpática entre objetos) en el mundo de Kvothe tiene leyes y consecuencias, y permite hacer cosas extraordinarias pero aún así ancladas en relaciones de: semejanza (de la parte al todo) y transferencia de energía (generalmente en forma de calor). Hay un componente un poco similar al vudú en ese tipo de magia pero por ahora Rothfuss logra evitar comparaciones odiosas tratando el tema con seriedad. Como esta magia es bastante limitada en alcance, también introduce la magia basada en los nombres, que es la más clásica de las clásicas magias del mundo, desde la mitología que elijas para acá. Y si bien en este primer libro Kvothe aún está buscando el nombre del viento, nos da a entender que este es un mundo donde, como en los libros, las palabras tienen poder. Saber el nombre verdadero de las cosas y saber usarlo le confieren a uno un poder mucho mayor al de la simpatía. Es un elemento que podría ser demasiado fantasioso y usado en exceso, por eso Rothfuss sabiamente nos da un sistema mágico más “realista” para demostrarnos que es un mundo no caótico, donde nadie tendría un poder absoluto.

2) La narrativa enmarcada: Rothfuss hace buen uso de este recurso al ser Kvothe el que esté contándonos su propia historia, a través del relato que le hace a un cronista. Las interrupciones del relato son apropiadas y los interludios en los que Kvothe explica a su escriba aspectos más personales del relato son moderados y útiles. Hay una creciente divergencia entre el Kvothe joven de la historia y el Kvothe narrador, que uno va percibiendo a medida que el relato avanza, pero el tono narrativo de Rothfuss/Kvothe es muy consistente y la prosa logra ser atrapante sin caer en recursos pesados para mantener la atención del lector. Usado por un  escritor menos hábil, la narrativa enmarcada resultaría pesada, porque a uno le interesa más lo que cuenta el personaje que su situación actual y “estática” de narrador, pero Rothfuss agrega en cada interrupción del relato y regreso al presente narrativo algún elemento que mantiene la intriga del lector sobre qué habrá pasado para convertir a Kvothe en ese narrador tan distinto al héroe de su historia. Lo que sí me pareció “mejorable” es que Kvothe es demasiado perfecto en su relato, no duda nunca sobre su recuerdo o sobre los hechos en sí, sólo duda por momentos en cómo hacerles justicia. Me hubiera gustado verlo desviarse un poco más, o dudar de si los hechos fueron tan así como él los vivió, o si su recuerdo está manchado por la nostalgia o por algo más. Quizás en los libros posteriores aparezca algo más que modifique esa memoria casi eidética de Kvothe, pero es un detalle que como lector/escritor me gustaría haber visto más desarrollado.

3) El misterio
Rothfuss hace bien en presentarnos la historia de su mundo en cuentagotas, a través de conversaciones y cuentos mal contados o tergiversados a través de los siglos. Ahí usa muy bien el recurso de la “decadencia de las historias” que Robert Jordan aplica como piedra basal de su megasaga “The Wheel of Time”. O sea, que las historias se van convirtiendo en leyenda y cambiando su sentido, hasta que sólo una minúscula parte mantiene su verdad. Hay muchas cosas que quedan picando para ir descubriendo en los libros siguientes: si Tehlu es una figura tan “cristiana” como parece (se asemeja a Jesús+Thor), cuál es el objetivo de los Chandrian, qué tan diferentes a las hadas/elfos/faunos son losFae (que confío en que van a demostrar ser seres interesantes y poco sujetos al cliché que indica su nombre, que está muy gastado en la literatura fantástica clásica y refiere a los pueblos Feéricos, o seres derivados de las hadas de las fábulas y mitos).
Donde creo que el misterio es abusado es en la presentación de los distintos pueblos, reinos y lenguajes de los humanos. No se notan las diferencias culturales entre los personajes más allá de decir que usan tal o cual lenguaje, y eso para mí es clave al crear un mundo fantástico. Si no, todo se tiñe de una especie de indistinción donde uno tiende a asociar los lenguajes, vestimenta y conductas a las de cualquier historia pseudo-medieval. En este punto, George R.R. Martin y Robert Jordan le sacan varios palmos de ventaja a Rothfuss ya que si algo hacen bien, eso es construir mundos y culturas bien diferenciadas y aunque en algunos aspectos sean asemejables a la cultura anglosajona clásica de este género, tienen la suficiente innovación para parecer nuevas. El uso de palabras como “demonios” y “ángeles”, u otras palabras más que no tienen sentido fuera del marco de referencia de la civilización occidental y greco-latino-cristiana (como por ejemplo mencionar “los sofistas” cuando en su mundo sería mucha coincidencia que una escuela de pensamiento se llamara como la escuela de la grecia antigua) por parte de Rothfuss son un punto flojo en mi apreciación, ya que rompen un poco el ecosistema de sentido de la novela y da a entender que ciertas cosas en su mundo son iguales a las del nuestro porque sí. Pero bueno, tiene dos libros más para demostrarme que cada referencia o palabra que me parece mal usada tiene sentido en su mundo.

Conclusión
Es imposible juzgar por completo esta novela hasta que lea las dos que le siguen, pero por ahora le doy un 8/10 en mi escala, principalmente por lo bien narrado, por la carencia de pasajes donde pienso “esto está mal contado” o “podría haber narrado esto mejor”, por la originalidad del protagonista que logra batir ciertas convenciones del género y mostrar que hay distinciones más sutiles en la trinidad héroe/antihéroe/villano (bien podría Kvothe ser los tres al mismo tiempo en algunos puntos de la historia), y principalmente por lograr mantener mi atención y acallar mi componente crítico durante casi todo el libro. Espero ansioso leer los próximos libros, y espero que mantenga lo bueno y mejore los poquitos puntos que me parece hacen falta.

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Los Barras

Esta vez les dejo algo completamente diferente, un extracto de una novela que estoy empezando, para que le vayan agarrando el gustito. La novela se va a llamar Platalandia, y es una interpretación tragicómica de la realidad Argentina (aunque aplica tranquilamente a casi todos los países hispanoparlantes). Espero que les guste.

 

Hacia el segundo decenio del siglo XXI, el barrabravismo se había convertido en Platalandia en una práctica más o menos institucionalizada, o al menos, tolerada como inevitabilidad, como tantas otras malas costumbres. Ni el más fervoroso cabeza argentino osaba endilgarle la paternidad de las barras a nuestro país, como sí solía hacer hasta el más vendepatria respecto a objetos más mundanos y fácilmente enciclopedizables, como la birome, el dulce de leche o el sifón de soda, íconos completamente inmunes a la crítica cultural. Las barras bravas probablemente provinieran del más férreo y bruto acerbo genético de nuestro crisol de razas, con una pizca de gallego o vasco terco (que para un argentino daba lo mismo uno y otro denominador, a diferencia de en la madre patria), otra del más retrógrado y violento cromosoma fascista-spaguettista, y una capa superior tipo curry de cadenas proteínicas del siempre respetable hooliganismo inglés. Como toda materia/producto o plato importado, en el país de la plata todo llegaba a su máxima expresión. Se revolvía un poco, se le buscaba la vuelta y se lo mezclaba con otra cosa más carbohidratada, y salía algo buenísimo.

En el caso de los barrabravas, su inserción cada vez mayor en la vida pública fue sutil como un pedazo de adoquin en el cráneo (método preferido de agresión en la cancha, en la vía pública, o incluso en medio de alguna ruta de tierra donde el colectivo porta-bestias quedara empantanado, donde aún allí, de alguna manera, el barra cabeza promedio era capaz de encontrar algún adoquín o sustituto efectivo del mismo. Nunca nadie había visto el método con el que despellejaban trozos de dos kilos de cemento/piedra de la calle, pero algunos teóricos de las barras –y entre ellos algún físico de materiales estupefacto– creían que se debía a algún talento atávico gracias al cual los primeros argentinos habían sido capaces de pavimentar a lo loco y clavar durmientes de tren a mansalva, sólo que al revés, en rewind, digamos). A la lógica predilección por los clubes de fútbol, la costumbre en algunos casos familiar de ir a un lugar público y apedrearse con gente que viste otro color se encontró con la limitación de que el calendario deportivo local era bastante poco afecto al trabajo. Un partido por semana no satisfacía la necesidad animaloide de nadie, llegado el punto en que uno naturalizaba la violencia gratuita. Así que ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo con la Asociación de Futbolistas Agremiados NOrientales (1) para extender el número de fechas, ante lo cual las botineras pegaron el grito en el cielo porque los jugadores no iban a tener energía para salir de gatos, hubo que dar marcha atrás (sic) y el clamor popular tuvo que volcarse en vertientes menos clásicas pero, con un poquitín de imaginación, casi igual de efectivas para la muchachada brutoide.

Así, los equipos de volley femenino adquirieron un tono siniestro al rodearse de treinta chochamus con bombos y cadenas, el básquet vivió un fervor de público como nunca en el país, donde gradas de cincuenta años pero que parecían recién estrenadas tuvieron que probar su temple contra criaturitas de 120 kilos de peso y unos cuantos pies de eslora (lo que no mejoró las finanzas de ningún equipo de básquet local ya que, como se sabe, ningún barra que se precie garpa una entrada ni aún mamado), y, ya llegando al extremo de la curva descendiente de la ecuación creatividad/efectividad, equipos de fútbol cinco juvenil se vieron rodeados por hordas de cientos de fanáticos desconocidos, en algunos casos ni siquiera de la misma localidad, pero que llevados por un cierto olfato tiburonesco, detectaban las posibilidades máximas de quilombo en alguna cancha de césped sintético al insultar a padres, madres, abuelas, árbitros, curas, obispos y otras figuras ausentes de la duela pero que siempre eran efectivas para caldear un ambiente.El deporte amateur pronto mostró sus limitaciones para proveer la adrenalina necesaria y algunos especímenes ligeramente más cultos (otro más fachoide diría: menos involucionados en la escalera) comenzaron a innovar en el placement. Sustituyeron camisetas por otros atuendos o estandartes más ambiguos. Así, en el momento del auge de la cultura (sic) del barrabravismo (2), los barras habían copado instituciones tan poco futboleras como la Bolsa de Comercio, la facultad de ciencias económicas y estadística, y los talleres literarios, hasta que la sucesión de agresiones fue tal (3) que se creó la Oficina de Regulación de Violencia de Barras, donde con la típica mezcla 50% creatividad, 10% ingenuidad, 40% boludez que representa la “proporción áurea” de la inventividad argentina, se crearon o reciclaron estadios con el objetivo exclusivo de crear las condiciones para una meleé gigantesca, donde la gente decente pudiera tirarse con adoquines con menor contenido de carbono y protegidos por una infraestructura de servicios médicos, convirtièndolos en verdaderos shoppings de la violencia, donde al entrar uno elegía una camiseta y luego pasaba el día aporreándose con gente que vestía otro color, teniendo que cambiar de camiseta a la vez siguiente, presumiblemente para no fomentar el fanatismo cromático que parecía ser, a los ojos de los más despabilados dirigentes, la causa de la violencia. Lo que, obviamente, dejaba a los daltónicos, una vez más, fuera de juego.

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1. (formada después del desembarco y posterior deportación de 2000 chinos entrenados en alguna fábrica –literal– de talentos off-shore apañados por un reconocido ex-jugador, ex-director técnico, ex- ex de casi todo)
2. (en el año del Efecto Merluza, cuando un buque pesquero inglés con capitán mamado se aventuró una milla náutica más allá de las aguas internacionales y otro marino mamado argentino lo embistió al grito de “Comete ésta”, acompañado por un gesto que le requirió quitar las manos del timón y convirtió el “empujoncito” en un choque de frente del cual sobrevivió sólo un chico senegalés que viajaba de colado y que explicó todo a base de señas)
3. (y los tramos de calle y ruta tan poceados por la falta de adoquines, además de la lesión accidental de un chico de sólo dieciocho años que se atrevió a criticar la supremacía cultural de Borges en la cultura argentina intentando proponer como alternativa a Marechal, ante lo que recibió un cascote con un pedazo de fierro saliente en el lóbulo temporal que, sorprendentemente, no lo mató, pero generó un cambio de personalidad tan profundo que de allí en adelante pasó a liderar a La Borges, asociación violenta de origen indeterminado con la tendencia a ocupar el laberinto de Carlos Paz y golpear gente al grito de Tlon, Uqbar, Tomá Ésta)

 

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Escribir el puto libro. O, los deseos de los otros.

La gente me solía preguntar:

‘¿Vos qué hacés?’ o ‘¿A qué te dedicás?’

Mi respuesta durante mucho tiempo sonó a disculpa:

‘Trabajo en una empresa, pero en realidad soy escritor’

Y a veces ‘la gente’, ese horrible, horrible colectivo indiscriminado, encuentra en algún lado de su mente la cortesía o el interés mínimo para preguntarte ‘¿qué escribís?’ y ahí yo les decía algo que también sonaba a excusa, como ‘estoy escribiendo una novela, muy compleja, sobre el sentido de la vida y blablabla,’ donde blablaba es el punto en el que la gente deja de escuchar. O quizás antes y no me di cuenta.

Ahora ya no siento que sea una disculpa. Invertí las cosas y ahora les explico lo que hago. Principalmente ese cambio tiene que ver con dejar las excusas. Para dejar de disculparse por la vida que uno no tiene pero que íntimamente desea, hay que tomar las acciones que nos lleven a su consecución.

Seguramente si uno agarra un tamiz y empieza a filtrar los deseos de los otros, encuentra que detrás de los verbos y la enunciación exaltada no hay nada. La mayoría de la gente no desea, o desea poco. Hablo del deseo en el sentido movilizador que orienta la vida, siguiendo a Deleuze, una voluntad de poder a la manera de Nietzsche, que es la voluntad de vivir y perseverar en el ser. O, si te resulta más fácil, es la fuerza de voluntad o la energía verde de Linterna Verde. Creo que ahí cubrí varios grupos demográficos como para que se entienda lo que quiero decir.

El verdadero deseo es lo que nos permite orientarnos. Un depresivo tiene una carencia de deseo. Desear es lo que nos hace salir a la calle, comer, revolcarnos. El objeto del deseo a veces es lo que tenemos delante, pero otras veces está muy lejos, y aunque no lo veamos, trabajamos y nos movemos hacia ello.

Empecé hablando de las excusas porque es lo más fácil de hacer. Uno obstaculiza su deseo llenándolo de contenidos vacuos, de obstáculos, de inseguridades, de todo eso que no aceptamos que forma parte de nuestro ser íntimo, entonces nos corremos un poquito de lugar y decimos: No, eso no es para mí. Eso es para los otros. Es lo que hay.

No hay más mierda que la mierda mediocre que nos lleva a pensar que ‘Es lo que hay’. Esa es la expresión de cabecera de mucha gente en Argentina (mi país) que se acostumbró, en base a algunas vivencias propias pero mayormente a un sojuzgamiento cultural enorme, a que la realidad es la única posible. A que no existe ‘el mejor de los mundos posibles’, o que si está, alguien se lo afanó o posiblemente lo pervirtió convirtiéndolo en una disneylandia para esquizofrénicos.

Es muy lindo tener obstáculos químicamente puros. Decir ‘me falta plata para esto’ o ‘tengo que sacarme una buena nota’, es algo proactivo. Pero pensar que algo que uno desea en realidad no lo desea tanto, o que es complicado hacerlo, o que no podemos porque eso sólo le pasa a los demás, eso es mierda derrotista, y contra esa mierda es difícil ganar. Hay que vencer la propia pelotudez antes de poder ganar.

Después está la mierda que te dan los otros. Que te dicen ‘¿Quién te creés que sos?’. Generalmente, la gente que pregunta eso no tiene ni la más puta idea de quiénes son ellos mismos. El que sabe quién es y adónde apunta no tiene dudas de que los demás también tienen sueños, y que a lo mejor no son tan inútiles como parecen, porque después de todo, uno tampoco es una maravilla.

Pero sea la mierda que fuere, hay que perseverar en lo que uno quiere. No hay nada a qué temer, porque si uno hace lo que realmente desea, no hay forma de fracasar. Me podés replicar: ‘si deseo tirarme en paracaídas, y me falla y me hago torta, bueno, fracasé’. En realidad no, estás equivocado. Una cosa está completamente disociada de la otra. Sé feliz, adoptá el cliché. El minuto y medio que volaste antes de hacerte torta contra el suelo a 300 km/h fuiste más feliz que en toda tu vida.

Por eso ahora cuando la gente me pregunta qué hago, le digo ‘escribo’, sin dar más explicaciones. Que las explicaciones las busquen ellos, y que también encuentren el verbo propio que encapsula su deseo.

Todo lo demás, como ya dije, es mierda.

 

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El arduo camino del escritor (o, Así fue como llegué a publicar)

Voy a inaugurar este blog que los buenos de Libros.com me han dado con un texto sobre el camino a la publicación.

Asumo que no pocos de los lectores de este sitio son también escritores potenciales, o amateurs deseosos de pasar a las filas de los autores reconocidos. Yo estoy en el punto medio de ese camino, así que quizás te sirva lo que te cuento. A lo mejor no. Pero de cualquier manera, espero que te resulte interesante.

Acá va…

 

 

El camino a la publicación es, para cualquier escritor, un camino mayormente solitario y más o menos tortuoso. Hago esta afirmación con confianza pero sólo asumo que es así, ya que como la mayoría de los autores no comparten sus experiencias iniciáticas una vez que llegan a ser autores reconocidos, el núbil escritor tiene pocos asideros a su alrededor que le digan si está sólo en su lucha, si otros han hecho lo mismo y los ha llevado al éxito, si otros han pasado por las mismas tribulaciones o si un Alan Pauls o un Ian McEwan (por nombrar dos autores completamente al azar) surgen como “nombres de marca” de escritor por efecto de un proceso largo y arduo o si surgen de un repollo metafísico-literario que con ritmo de relojería produce escritores famosos y los escupe al mercado.

Por eso, y sin creer que mi experiencia sea la más ejemplar, les voy a contar en esta serie de artículos cómo fue mi camino a la publicación (que es siempre un proceso, nunca se puede decir que “llegaste” y tu trabajo está terminado. A menos que escribas algo que apele al mínimo común denominador de los lectores como “Twilight” y tengas más marketing que horas de escritura. Pero estoy divagando, así que mejor cierro el paréntesis).

¿Qué me habilita a darle consejos a otros? Nada, realmente, excepto la buena leche de querer ayudar a otros que estuvieron/están tan perdidos como yo en este camino. Eso, y haber hecho lo más importante de todo el maldito proceso. Sentarse y escribir realmente el libro que tenés en la cabeza.

Mi proceso para escribir mi novela Así fue como perdí la luz del Sol (de próxima aparición a través de una editorial muy conocida que no será nombrada por ahora para no echarme mal de ojo).

1)      Buscar un lugar cómodo para escribir y empezar a escribir.

2)      Dudar y dar vueltas con la historia durante 5 años.

3)      Terminar el puto libro.

Ése fue, más o menos, mi proceso. Pero a mi novela anterior La Colonia la escribí en un mes y estuve corrigiéndola unos cuatro meses. Así que no hay un proceso estándar, cada autor tiene su proceso, y yo soy un ferviente creyente de que, aún más, cada libro requiere un proceso completamente diferente. En eso soy medio freak, cambio de modo de planificar (o no planificar) la historia, cambio de procesador de texto o software de escritura, cambio de estilo y tono, cambio de hábitos de escritura.

No voy a hablar más del proceso de escritura en sí por ahora. Si te tomás en serio el ser un escritor, vas a encontrar tu propio método. Quizás en otro post me explaye más sobre mis métodos, pero por ahora quiero seguir con el tema de la publicación.

¿Qué hacer cuando ya terminé mi libro?

Si no lo hiciste antes de escribirlo, tenés que empezar a pensar en tu público. Deberías haberlo hecho antes, realmente. Pero bué, si no lo hiciste tampoco te vas a disparar en la pierna, no es tan grave. Pero sí es importante saber a dónde apuntar para maximizar tus posibilidades de publicación.

Lo más difícil (al menos para mí) pero lo más importante, es poder definir tu obra. Todos, excepto los más cínicos escritores mercenarios, creemos que nuestra obra tiene un valor artístico indefinible, no categorizable, supremo, no entendible para la mayoría de los lectores. Ése es el principal demonio a exorcizar de nuestra mente. A mí me tomó años. Hasta que superé mi orgullo y me puse a leer lo que decían otros escritores en desarrollo.

Poder definir tu obra en un par de párrafos, luego en una sóla oración, y luego en una o dos palabras (definir su género) es lo más difícil a veces.

Es imposible saber qué hacer con la pila de hojas impresas que tenés en la mano si no sabés a donde apuntar. No es lo mismo decir “quiero publicar esta masa de brillantes incoherencias que desafía los géneros y tiene raíces filosóficas” que decir “quiero publicar mi novela de ciencia ficción utópica”. Toda simplificación elimina matices y es injusta. Pero es absolutamente necesaria. Hay que saber qué estamos vendiendo, y para ello hay que ponerse en el lugar del lector al que le podría interesar tu novela. Nadie le compra al vendedor ambulante que duda y no está convencido de lo que vende, al que está deprimido y te mira con mala cara. Sí le comprás al que es simpático, o te hace creer que necesitás lo que tiene, o que insiste con buena cara. Por eso, lo más importante para llegar a ser publicable (más allá  de la calidad más o menos objetiva de tu obra) es a quién se le puede vender.

Mi primer error fue mandar mi novela La Colonia a un premio de literatura bastante popular en Argentina (que no será mencionado por las dudas, yo que sé). Quizás si mi obra fuera el próximo 1984 podría haber ganado ese concurso. Pero la realidad objetiva es que, viendo a los ganadores de ese premio de la última década, todos tenían algo en común: historias que más o menos reflejaban cierta realidad del país, ciertas cuestiones sociológicas o tocaban algún punto que lo hacía tener atractivo masivo. Tampoco me puse a hacer un estudio de marketing serio, pero uno se da cuenta que era una liga completamente diferente. Ni mejor ni peor, diría, pero sí hay géneros como la ciencia ficción que muy raramente ganan algún concurso “general” de literatura en el mundo. Para eso hay premios específicos por género.

Así que le había pifiado. Tampoco me iba a deprimir, mi novela era una entre cientos de candidatas, y tampoco consideraba que a esa altura de mi desarrollo como novelista (hay que ser humilde) ésa fuera mi obra cumbre, y que si fallaba con ella, no tenía nada más que hacer y debería renunciar a la idea de vivir de la escritura.

Así que me puse a ver mis opciones. Mandé un par de mails a editoriales específicas del género (sin éxito) y me di cuenta que ninguna de esas editoriales de literatura fantástica o de ciencia ficción en español recibía manuscritos. O sea, sólo editaban a gente ya conocida, el viejo juego de huevo/gallina de la industria literaria.

Entonces me decidí a probar por mi cuenta. Exploré la opción de imprimir mi libro en alguna editorial local y pagar yo los costos, pero las opciones que encontré eran caras para mi bolsillo y no me lo podía permitir, no sin alguna certeza de éxito. Otros han transitado ese camino con mayor o menor éxito, pero para mi obra, para ese libro, en ese momento, y con mi red de contactos, no era una buena idea. Lo podés hacer cuando ya tenés alguna estructura de distribución o lectores cautivos disponibles, pero yo no tenía.

Entonces me di cuenta (bah, ya lo sabía) que había mucho más mercado para ese género en EEUU y España. Y me propuse a auto publicar, por impresión a demanda y en ebook, para esos dos mercados. Así que fui a Createspace (una empresa de Amazon) a publicar mi novela para impresión a demanda para EEUU (habiendo ganado NaNoWriMo en el 2009, me daban una copia gratis de mi novela impresa) y tuve que pasar por todo el proceso de formateo para impresión, y diseño de tapa. Proceso complejo que merece otro post. Pero al final del asunto, terminé con un producto bastante profesional, que salió a la venta en EEUU por Amazon. Y después, hice lo mismo para su publicación como ebook a través de Amazon KDP (que te permite distribuir tu ebook por Amazon en todas sus tiendas online internacionales) y en Smashwords, que te permite distribuir el ebook para Barnes y Noble y su Nook Reader, para Sony con su Kobo, y en un montón de sitios más, incluso para Apple.

¡Wow, qué groso! ¿Hiciste todo eso? ¿Y cuánto vendiste?

Y ahí viene la realidad, como un muro de piedra a 200 km por ahora.

No vendí nada por un año.

Si, es bastante difícil que alguien te compre si no sos conocido. Es el mismo huevo/gallina de las editoriales.  De eso me tuve que dar cuenta. Pero! Pero! Pero por lo menos, el lector corre menos riesgo que una editorial. Y de a poco, y si uno hace ciertas cosas bien y le pone mucho trabajo, los lectores empiezan a llegar.

En el próximo post: Así fue como llegué al puesto 2 de ventas en Amazon España (y como caí estrepitosamente después)

 

Post original

Sitio de Alejandro Gamen

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